Un bar disfrazado de restaurante. El proyecto de Ángel Zalduegui y su yerno Borja Conde recupera el bar de toda la vida, pero bien hecho. Raíces vascas, producto con nombre y apellido y cero pretensiones. Pintxos en barra, croquetas de jamón ibérico, merluza en tempura y fuera de carta según el mercado. Más de 80 vinos a precios ajustados, con el txakoli como hilo conductor. Maderas nobles, mármol y cocina abierta dejan el protagonismo a lo importante: el plato.
Un bar disfrazado de restaurante. Esa es la mejor forma de definir el proyecto de Ángel Zalduegui y su yerno Borja Conde: el bar de toda la vida, pero bien hecho. Con raíces vascas, producto con nombre y apellido, y sin pretensiones de ser otra cosa.
Pintxos en barra refrigerada, croquetas de jamón ibérico, merluza en tempura, fuera de carta que cambian cada día según el mercado. Más de 80 referencias de vino a precios ajustados, con el txakoli como hilo conductor. Un interiorismo de maderas nobles, mármol y cocina abierta que no compite con lo que importa: lo que hay en el plato.

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